

Somos TILMA Lab
Nombrarnos es abrir un espacio de resonancia entre memoria, cuerpo y territorio. No somos un colectivo al uso, ni una organización funcional. Somos una máquina simbólica situada, un tejido vivo de afectos, saberes y luchas que opera desde la fisura —desde ese lugar donde el paisaje deja de ser fondo y se convierte en voz, en herida abierta, en tiempo detenido que reclama ser sembrado de nuevo.
Nos rehusamos a ocupar los lenguajes estandarizados de la cultura institucional. No representamos una comunidad: la habitamos, la somos, y en esa imbricación de lo íntimo y lo común tejemos formas de hacer que desbordan lo disciplinario. No venimos a ilustrar problemas ni a traducir saberes. Venimos a activar procesos, a desobedecer desde lo sensible, a imaginar juntxs una política que se cultiva con las manos en la tierra y los pies sobre el humedal.
Nuestra trayectoria no puede medirse en cifras ni en reportes: está escrita en la arcilla, en los chapines, en la memoria viva que florece cuando alguien vuelve a sembrar lo que creyó perdido. Cada taller, cada tequio, cada conversación abierta es un acto de reapropiación simbólica, un intento por restituir vínculos donde la lógica del capital ha sembrado ruptura.
Sabemos que la chinampa no es un museo ni un recurso: es un cuerpo, es historia, es nuestra raíz en movimiento. El arte, para nosotrxs, no es objeto ni mercancía, sino una forma de reorganizar lo sensible, de abrir grietas en los marcos perceptivos impuestos. La agroecología, en nuestra práctica, no es una moda verde, sino una estrategia de resistencia epistémica y ecológica, una forma concreta de interrumpir el monocultivo del mundo.
Nos vinculamos con otrxs desde la horizontalidad, reconociendo que nadie llega a enseñar y todxs llegamos a recordar. Trabajamos con tecnologías del cuidado: caminamos el territorio, lo escuchamos, lo cultivamos. Nos interesa más lo que florece lentamente que lo que se produce rápido. Preferimos el tiempo de la milpa al de los likes.
Frente al extractivismo cultural, proponemos restitución simbólica. Frente al olvido, memoria encarnada. Frente al agotamiento neoliberal, territorios afectivos y prácticas sostenibles que brotan desde lo común. No venimos a salvar, venimos a sembrar. Y en esa siembra colectiva, tejida con palabras, semillas y gestos, vamos inventando un mundo posible, uno donde el arte no decore la realidad, sino que la regenere.
En tiempos donde todo quiere convertirse en mercado —incluso la esperanza—, nosotrxs insistimos en el valor político de lo que no se puede cuantificar: el tiempo compartido, el gesto colectivo, la raíz que resiste. Nuestro archivo está en la tierra. Nuestro manifiesto, en cada chinampa que se niega a morir. Nuestro futuro, en las manos de quienes se atreven a sembrarlo.




